Las Arriadas; del rancho a la estación del tren

Una cultura que desaparece con el pavimento y el transporte carretero

Con motivo de los 90 años que la Unión Ganadera Regional de Sonora cumple en 2026, va el primer artículo conmemorativo. Uno de los temas que publicamos en el libro 80 años de UGRS. eYescas

La mayoría de los sonorenses de antaño (hasta 1970) eran hombres de a caballo, y lo mismo pialaban y tumbaban una res para señalarla, marcarla, castrarla, o curarla; que amansaban y herraban un caballo; fabricaban riendas, reatas, cinchos y cabrestos. 

Y eran muy buenos arrieros. Tipos flacos, correosos y rudos, tan resistentes como el mismo ganado cerril y salvaje que ellos dominaban a fuerza de fuerza, de astucia y arrojo.

Preciosos espectáculos aquellos que ofrecían estos individuos, pirueteando sobre sus ágiles cabalgaduras, conduciendo un novillo bronco, rabioso, azorado, lazado de media cabeza para evitar la asfixia, “atrincado”, o saltando y bufando, quebrando ramas y rodando piedras, por las faldas y los barrancos.

Y espectáculo mejor aún significaban aquellos grandes arreos de ganado que por distintas rutas partían desde Yécora, Tarachi, El Valle, Arivechi, Sahuaripa, Soyopa, Granados, Huásabas, Villa Hidalgo, Nácori Chico, Bacadéhuachi y otros lugare; Chihuahua hasta Hermosillo, Carbó, Agua Prieta, Cananea o Nogales, Sonora. También a Casas Grandes, Estación Chico y Ciudad Juárez, Chihuahua, con cabalgatas de veinte a cuarenta días de duración, en pleno invierno. 

Vaqueros en las corridas

“Las partidas” les llamaban; participaban en ellas hasta quince o más vaqueros, además del cocinero, que regularmente funcionaba también como remontero, personaje este que se encargaba de la remuda y del “campo”, o sea, las mochilas y los aperos, las provisiones y los trastes de la cocina.

Algunos patrones contrataban hasta dos “remonteros” que arreaban a pie, al cuidado de las  vacas a punto de parir para encargarse de las crías que nacían en el trayecto.

También de adelantar el campo y la remuda hasta el paradero, para sabanear las bestias y apoyar al cocinero con el abasto de agua y leña, encender y atizar  las fogatas, limpiar el frijol, pelar las papas y lavar los trastes. 

Otros personajes que se integraban al equipo eran “Los Cortadores”, que se encargaban de separar unas de otras las reses necesarias.

“El campo” era transportado a lomo de mula, empacadas en cajones las jarrillas y las bandejas, las tazas, cafeteras y cucharas, así como los platos y sartenes, un comal, una parrilla y botes dulceros con asas de alambre, para hervir el agua del café. Cargaban también las provisiones, los enseres de herraje y las mochilas de los vaqueros

En no pocas ocasiones el cocinero olvidaba echar la bandeja en que preparaba la masa para las tortillas, (o simplemente no le proporcionaban una) y el amasijo lo realizaba sobre la manga de unas chaparreras, o en la sobre-enjalma de cuero crudo de algún aparejo.

Iluminado por una cachimba, o una gran fogata, el cocinero iniciaba labores entre las tres y cuatro de la mañana, para colar el café, preparar y dar el desayuno a los vaqueros, luego dotar a cada quien de suficientes tacos para la comida de medio día. 

La provisión del arreo se componía de frijol, harina, azúcar, sal, ajo, café, panocha, manteca, arroz, papas y espáura. 

En cada pueblo de la ruta la despensa se reabastecía. 

Complementaban “el lonche” un par de quesos cocidos, chicharrones de cuero, cecinas de carne seca y huesos también deshidratados. En el trayecto era sacrificada alguna res que se rodaba, o se rompía alguna pata en los mal-pasos del camino. Así que la carne no faltaba en los arreos.

Las cecinas eran asadas en las brasas y convertidas en tiras que cada quién se servía a discresión, para arrancarla a tirones y engullirla con avidez. Los huesos eran cocidos con ajo y frijol, igual que hacían con los chicharrones y la aldía.

A estos cocimientos les eran agregados unos chiles colorados, secos, enteros, que al estar bien cocidos, su picosa pulpa recobraba su textura.

Con las orillas y pedacería de las tortillas, el cocinero preparaba ocasionalmente un postre de fantasía, tostando y friendo aquello en un sartén, para luego empaparlo con miel de piloncillo. El nombre de esta golosina era “Sopaipía”.

Por abundar el pasto y el agua en las rutas, durante el invierno, los arreos se efectuaban, como ya se dijo, preferentemente en este tiempo, porque el ganado gordo y resistente posibilitaba alargar las jornadas en el trayecto, sin asolearse y sin pérdida alguna de su peso.

No importaban las lloviznas pertinaces que a veces se presentaban, con duración de varios días, sin parar. Fenómeno que los ópatas llamaban  “Quipata” y “Equipata” los hispanos. Se tenía que improvisar tiendas con lonas y cobijas, para protegerse de aquellos diluvios.

 Al acampar los arrieros cerca de un poblado, mucho emocionaban sus gritos y chiflidos  en las madrugadas, al re iniciar el arreo. Y aturdía la brameta de las reses, implorando la presencia de sus madres, o sus crías; el regreso a sus comederos, o simplemente, buscando acomodo en el camino. 

Tal bullicio en esas horas azoraba a los coyotes tras-nocheros y acallaba sus aullidos en los llanos y los cerros.

Bonito el chasquido de las cuartas y las riendas al ser pajueleadas contra las mangas de las chaparreras, acuciando y guiando con chasquidos el avance del hatajo. Media hora después los gritos y chiflidos, el tropel y la brameta, se iban apagando, hasta desaparecer completamente en la lejanía.

Estos arreos de novillada, primordialmente, estuvieron vigentes de 1940 a 1970, según la memoria del ranchero y criador sahuaripense, también comprador y arriero, don Alejandro Hurtado Aguayo, hermano de Agustín, quien afirma haber presenciado partidas que superaron las dos mil cabezas de ganado. 

Alejandro Hurtado Aguayo, fue, en su juventud, uno de los mejores arrieros, organizador y realizador de partidas, en su región. Y a su buena fe y mejor disposición se debe buena parte de la información que aquí aparece.

Si la partida se componía de 400 o 500 reses, el equipo tenía que superar los 15 integrantes, encabezado por el un caporal y dos guías a la vanguardia de doce arrieros, estratégicamente distribuidos, que eran colocados en la punta, en la cola y en las costillas del arreo. 

El caporal debía conocer perfectamente la ruta para organizar las jornadas. Tener buenas relaciones con los dueños de los terrenos que los caminos cruzaban y las manadas trillaban. La distancia recorrida en las jornadas era de  aproximadamente 20 kilómetros.

Tenía el caporal que conocer los  abrevaderos y sabanas, los vados de los ríos y los mal-pasos del camino en los terrenos quebrados. A menos de dos kilómetros de un desfiladero, por ejemplo, la manada tenía que irse adelgazando, porque en estos sitios con paredes de roca, infranqueables, por un lado, y abismos profundos por el otro, solamente de una en una, o dos en dos, las reses podían desfilar. Aquí se tardaba más de dos horas el paso de mil o más novillos.”

Los encargados de la partida aprovechaban el desfiladero para hacer un recuento del hato.

Si faltaba alguna res, o más, dos vaqueros eran comisionados para su búsqueda y reintegración al grupo. Y si no eran encontradas, de seguro los rancheros de la ruta las tendrían a buen recaudo, dispuestas a la pasada, para arreos posteriores. 

De Álamos y Sahuaripa y otros pueblos del sureste, los arreos tenían a Tónichi por destino, donde el ganado era embarcado en el tren hacia los valles costeros, que ofrecían mejor  mercado, también a Guadalajara y otros puntos del sur del país.

Otros arreos se destinaban a Hermosillo, Carbó,  Nacozari y Agua Prieta, encabezando la lista de agentes compradores o tratantes de ganado y organizadores de partidas, los bacadehuachenses Jesús y Albertito Valencia, a quienes llamaban “Los Colegiales”.

Generaciones ejemplares que desafiaron las distancias, la orografía, las condiciones de mercado y las inclemencias del clima. Sin caminos, sin tecnología de telecomunicaciones y sin las comodidades actuales.

Ganado en pie llegaba desde Sahuaripa hasta Selva para ser embarcado en el ferrocarril. En la foto, Manuel Z. Cubillas, Octavio Elías, Emiliano -Mátape-Navarro, Don José Cubillas “Pepón” y don Manuel R. Hurtado en Rancho Selva, 1954.

Arriada de rancho El Salto a rancho Santa Teresa en Ímuris. Sierra Azul. Heriberto Anselmo, Chemo Aguayo, 2009..

Alejandro Hurtado Aguayo fue, en su juventud, uno de los mejores arrieros, organizador y realizador de partidas, en su región. Y a su buena fe y mejor disposición se debe buena parte de la información que aquí aparece. Es año 2016, casi 600 años de tener ganado en esta región del Continente. Con todos los adelantos y tecnología disponible, el ganado se sigue moviendo con las mismas técnicas ancestrales. De rancho a rancho, o de rancho a punto de entrega o embarque, las arriadas siguen siendo el mejor medio de mover el ganado por su propio pie.

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